“Josefa” va al Mundial. Osvaldo Wehbe. Por Estefanía Romero.

Desde pequeño, Osvaldo Wehbe demostró grandes dotes para el periodismo deportivo, pero los caminos de la vida lo llevaron a convertirse en abogado. Hoy se lo considera uno de los mejores relatores de fútbol y cubrió los últimos once mundiales.

Por Estefanía Romero

 

Caminó durante tres días para lograr captar la atención de una chica que lo tenía loco de amor. Moría de ganas por decirle lo enamorado que estaba, hasta que finalmente llegó el momento. Ese día se disputaba el superclásico. Pero esta vez era especial porque lo televisaban en directo, cosa que no sucedía muy a menudo en el año 1975. Wehbe se decidió y le dijo:

—Te quiero.

Yo también te quiero —respondió ella.

Ambos se dieron la mano. Y él agregó:

—Me voy a ver el partido.

Y así, sin más, se fue. Gladys, su esposa, sabe mejor que nadie lo que implica tener un marido loco por el fútbol. Lo sabe porque desde el comienzo fue así. Diez años de noviazgo y más de treinta de casados la convencieron de que debía compartir a su hombre con sus dos grandes amores: la familia y el fútbol.

Osvaldo Wehbe, mejor conocido como “el Turco”, tiene 61 años. Está casado y tiene dos hijas que ama con locura: Camila y Florencia. Sabe que nunca fue un papá igual al resto. Según Camila, la mayor, era el único que no estaba los fines de semana. Ni hablar de lo complicado que era tenerlo en los eventos importantes, como fiestas de 15, comuniones o egresos. “Siempre estaba justo volviendo de viaje o tenía que canjear la transmisión por otra para poder estar con nosotras”, recuerda. A pesar de las idas y vueltas, de los viajes y de los fines de semana que pasó lejos de su hogar, siempre fue un papá presente. En todo momento contó con el apoyo de su familia. Ellas son y serán siempre un pilar fundamental en su vida. Y entienden su pasión por el periodismo deportivo.

Osvaldo Wehbe iba a recibirnos un miércoles de septiembre de 2018 en su departamento de la ciudad de Río Cuarto, Córdoba. Quedó confirmado en una primera comunicación telefónica. “Si les parece vengan a mi casa. Queda cómodo, es en el centro”, dijo en tono amable. Exactamente una hora más tarde el celular se iluminó y apareció su nombre en la pantalla.

—¡Hola! ¿Quién habla? —duda, no sabe si llamó al número correcto—. Soy el turco, el turco Wehbe. Me vas a tener que disculpar. Me olvidé que el miércoles tengo que transmitir un partido para la Copa Libertadores.

Se disculpa entre risas y afirma con seguridad que al día siguiente nos espera en su departamento.

—¿Hola? Suban al cuarto piso, ahí les abro —se escucha desde el portero eléctrico.

El ascensor sube y ahí está él. Abre la puerta del departamento. Lleva puesto un pantalón deportivo negro, una remera corta azul y un sweater cuyas mangas caen por sus hombros hasta volverse un nudo en el pecho. Unos lentes negros cuelgan de su cuello y una pulsera de hilo encerado de colores rojo y azul brilla en su mano derecha. Es del Club Atlético San Lorenzo de Almagro.

—Pasen, pasen. Pónganse cómodos, siéntense donde quieran.

El departamento es amplio y a simple vista hay tres sillones. También una cantidad de portarretratos con fotografías de él y su familia y decenas de cuadros colgados en las paredes.  Hay cuadros que el propio Wehbe pintó y un compilado de fotos que reviven momentos de su carrera. Entre ellas, se destacan algunas con Maradona, varias transmitiendo en diferentes radios, una con el Papa Juan Pablo II y recuerdos de él jugando algún partido de fútbol.

Osvaldo Wehbe estudió Abogacía y es periodista por vocación. Inició su carrera en los medios mientras cursaba los últimos años de la carrera en la Facultad de Derecho, en Córdoba capital. Se prometió a sí mismo no vincularse con el periodismo hasta estar asentado en su carrera universitaria, porque en ese momento la profesión “no era una cosa tan sólida”. Al finalizar el tercer año, tomó coraje y se presentó en la corresponsalía de Radio Rivadavia, en la capital cordobesa: “Me dijeron que no les hacía falta nada. Pero igual insistí y uno de los chicos me dijo en broma: ‘Necesitamos una empleada doméstica’. Les dije que aceptaba y no se pudieron negar. Así que estuve durante cuatro meses limpiando el baño, pasando la esponjita”. Se ríe. Recuerda con nostalgia aquellos días en los que fue “Josefa, la encargada de la limpieza” de la radio. Pero algo cambia en su mirada y cuenta: “Un día debían ir a hacer una nota con dos norteamericanos que habían llegado a jugar al básquet a Instituto, pero ninguno sabía hablar inglés. Yo estaba ahí pasando el trapo y les comenté que era profesor de ese idioma, que estudié doce años. Me miraron y dijeron: ‘¿Te animás?’. Y… ¿cómo no me voy a animar? Tenía miedo, pero me puse mi mejor pullover y fui. Así arranqué”.

Wehbe se introdujo en el mundo del periodismo deportivo casi por casualidad. Fue algo de suerte, mucha iniciativa y la dicha de cruzarse con las personas correctas en el lugar indicado. No esperó que las oportunidades cayeran sobre él como gotas del cielo. Hoy recuerda con orgullo todas las veces que salió a golpear puertas en busca de una oportunidad. Agradece haber vivido todas aquellas experiencias que lo hicieron crecer, no solo como persona, sino como profesional del periodismo. Agradece, sí. Porque por más que lo vivido no siempre fue bueno, dejó huellas imborrables. Sabe que hoy es quien es gracias a esas vivencias: las buenas y las malas.

—¿El primer Mundial que cubrió como periodista fue en Argentina, en 1978?

—Sí, en medio de la dictadura militar.

—¿Tuvo alguna dificultad por ser periodista?

—Por hacer periodismo, no. A la dificultad la tenía por ser estudiante. No asociábamos mucho el fútbol con la política. Es más, cada vez que ganaba Argentina salíamos a la calle a festejar. Tomábamos conciencia de lo cruento que era cuando notábamos que alguien había desaparecido. Que no lo veíamos más y que algo le había pasado.

El recuerdo de lo vivido durante esos años lo perturba. Respira profundo y sigue:

—Mi primer relato en un Mundial fue en el ‘82, el día en el que Argentina se rindió en Malvinas. Mientras hablaba, por privado me decían: “No grites ni le pongas tanto entusiasmo. Estamos perdiendo la guerra”. Les pedí frenar la transmisión, pero no me dejaron.

—¿Cómo fue ese momento?

—Terrible. Relataba Brasil contra Rusia, en Sevilla. Yo decía: “Pelota afuera. Saque lateral por la Unión Soviética”. Y después se escuchó un comunicado del Ejército Argentino informando que en ese momento nuestras tropas se estaban rindiendo. Fue terrible —repite.

Osvaldo Wehbe es reconocido a lo largo y ancho del territorio argentino. Ha trabajado en las radios más conocidas del país y es considerado uno de los mejores relatores de fútbol. Pero hay algo en su vida que aún resulta enigmático para los que siguen la evolución de su carrera: cómo logró tanta popularidad desde su ciudad natal. Desde su querida Río Cuarto. Se lo han preguntado miles de veces, pero no encuentra la respuesta, no sabe por qué la siente tan propia. “Nunca me fui. Viajo a relatar y a mundiales, pero vuelvo. Siempre vuelvo”, reflexiona, y ni él logra comprender su elección.

Su primera experiencia en la ciudad fue en radio Río Cuarto, apenas terminó su carrera universitaria. Como jefe de Deportes, armó un equipo de trabajo con la gente que ya estaba en la emisora e hicieron un programa al estilo Radio Rivadavia. Su formato con tinte porteño fue un verdadero éxito en la ciudad. Pero el problema era que no tenían relator. Entonces Wehbe se ofreció. Era una tarea completamente desconocida y nunca había pensado en eso. Se imaginaba comentarista, como Víctor Brizuela, pero permitirse vivir una nueva experiencia le terminó abriendo caminos increíbles. El primer partido que relató fue Boca contra Peñarol, por la Copa Libertadores. El día posterior a su relato, uno de sus hermanos le dijo: “Transmitiste vos. Transmitiste muy mal, pero fuiste vos”.

Desde ese día su carrera no hizo más que crecer. Y aun hoy, después de casi cuarenta años de trayectoria, se pone nervioso antes de salir al aire. Siente un nudo en la panza, pero más que un problema, para el turco es una virtud. Es lo que mantiene “prendido el fuego”  en su interior. Y lo conserva con tanta fuerza que no piensa en retirarse. Por más intenso que sea su trabajo, no quiere dejarlo, aunque sí ha empezado a regular sus apariciones al aire para darle lugar a las nuevas generaciones de periodistas deportivos. “No quiero cansar”, admite apenado. No es lo único que lo hace sentirse triste: así como no sabe explicar el romance con su ciudad natal, tampoco entiende por qué no ha podido triunfar en ella. Le debe su carrera, en gran medida, a oportunidades que siempre llegaron desde otras ciudades.

“Río Cuarto no me ha dado ni regalado prácticamente nada. Al contrario, no ha sido muy amable conmigo. Y no hablo del ciudadano, porque la gente es fantástica, pero para el espectro dominante de la ciudad soy un bicho raro. Y con eso me refiero a todas aquellas personas que tienen poder de decisión, ya sea en los medios o en el Gobierno”, cuenta.

Osvaldo Wehbe es optimista. Lleva una vida relativamente tranquila, rodeado de amigos y familia. Utiliza sus momentos libres para agasajarlos con un asado, lo considera una terapia. Se divierte con su perro Brando mientras lo saca a pasear dos veces al día. Y aunque se encuentra rodeado de gente que ama, siempre piensa en aquellos que ya no están. Extraña muchísimo a sus padres y a sus dos hermanos. Afirma que se quedó solo para “bajar las escaleras de la vida”. Aún hoy piensa que debe llamarlos por teléfono, no se acostumbra a vivir con esas ausencias. Por eso agradece haber formado una familia hermosa con Gladys, la mujer de su vida. Que al igual que sus hijas, lo acompaña en todas y cada una de sus locuras.

Hoy mira hacia atrás y sabe que nada de lo vivido fue en vano. Que todo pasó porque así tenía que ser. Se da cuenta de algo importante: toda su vida estuvo listo para ser mucho más que un abogado penalista porque en sus venas corre sangre futbolera.

………………………………………….

Deslumbrado por el 10

Osvaldo Wehbe no oculta la admiración por su ídolo futbolístico, Diego Armando Maradona. Lo dice él y lo evidencian las fotos colgadas en las paredes de su departamento. Al hablar de Diego le brillan los ojos y se le pone la piel de gallina. Recuerda cada anécdota que vivió junto al Diez. Su trabajo le dio la oportunidad de tenerlo frente a frente, de charlar, abrazarlo y, por sobre todas las cosas, disfrutar de sus partidos en vivo y en directo. Lo ve como una especie de justiciero desde que marcó dos goles emblemáticos para cualquier obsesivo del fútbol: el Gol del Siglo y la Mano de Dios, en el partido de Argentina contra Inglaterra. Años después de la caída de las tropas argentinas en la guerra de Malvinas, esa herida seguía abierta. Y esos goles significaron mucho para los argentinos.

Maradona es su máximo ídolo futbolístico. Y si le piden que lo compare con Lionel Messi  la respuesta es simple: “Diego es, efectivamente, el más grande de todos los tiempos”. Si bien reconoce que ser contemporáneo de ambos jugadores es algo maravilloso, es capaz de fundamentar racionalmente su admiración por quien considera una verdadera leyenda futbolística. Afirma que “el 10” jugó en los equipos más inverosímiles y, aun así, los puso en competencia. Además de afirmar que Maradona es, a su modo de ver, el mejor líder dentro de la cancha.

“Para que se entienda: si hay una pelota allá —señala un extremo de la habitación— y Maradona le silba, la pelota viene. No sé si con Messi viene. Por ahí se mueve un poco, pero no —niega con la cabeza”.

—¿Alguna anécdota especial con Maradona?

—Estaba en radio Continental, con Víctor Hugo Morales. Cubrimos con Tony Pinto la previa de Argentina contra Italia, en el Mundial ‘90. Nos metimos al hotel Paraíso, en Nápoles, y dijimos que estábamos alojados. Minutos antes de salir al aire para el programa “Competencias”, se abrió la puerta del ascensor y salió Maradona con la camiseta argentina.

—¿Y qué hizo?

—Me quedé duro. Le dije que estábamos por empezar el programa con Víctor Hugo. “¿Y qué querés?”, me dijo. Le pedí que saludara al país, era el día antes del partido contra Italia. El tipo entró a la cabina, cerró la puerta y me abrazó. Yo dije: “Víctor Hugo, ¿Qué tal? Buenas tardes, esta nota es un milagro. Te escucha Diego Maradona”.

—Piel de gallina total.

—Sí, pero eso no es todo. Luego de la nota nos encontramos con un colega argentino, que nos ofreció tirar una colcha en el pasillo para que pasáramos la  noche. Estábamos yendo a la habitación, nos cruzamos con Diego y nos preguntó si estábamos parando ahí. Le explicamos la situación y se fue. Más tarde apareció el “Checho” Batista buscándonos con unas cajas en las manos. “A estas pizzas se las manda Diego, no le digan a nadie por favor”, nos dijo y se fue. Eso es Maradona.

……………………………………………..

El vértigo del periodismo

-¿Qué es el periodismo?

-Es un trabajo maravilloso. Como yo le he ejercido, no tiene nada de monótono. Es cambiante día a día.

-¿Qué cualidades debe tener un buen periodista?

-Debe tener la subjetividad que toda persona tiene. Y objetividad a la hora de trasladar esa subjetividad.

-¿Quién es su referente en la profesión?

-Muchos. De antes, Víctor Brizuela y de hoy, Víctor Hugo Morales.

-¿Cómo fue su primera experiencia en periodismo?

-Creo que periodismo hice siempre, porque cuando era chico jugaba a los soldaditos y transmitía partidos. O cuando venía algún equipo de Buenos Aires, iba con un grabador e inventaba un nombre. Recuerdo que era “Radio Río Tancacha”.

-Si no fuera periodista, ¿qué le hubiera gustado ser?

-Soy abogado y ejercí el derecho penal durante varios años.  Me gustaba mucho.

-¿Cuál fue su cobertura periodística más importante?

-No es fácil. Pero no puedo despegarme de Maradona, entonces el Mundial ‘86, fue una maravilla. Estar en la cancha y presenciar los goles de Diego fue muy bonito.

-¿Cuál es su mayor virtud en la profesión?

-Soy muy zonzo para hablar de mí, pero creo que relato bien fútbol. En su momento salí de lo común, porque no me interesa contar solamente lo que pasa en el partido. Me gusta hablar de otras cosas.

-¿Cuál es su mayor defecto en la profesión?

-Posiblemente no haberme adaptado a la corrupción que hay en el fútbol. Seguir renegando de la AFA, la CONMEBOL y la FIFA.  Lo peor es haber tenido razón, me hubiera gustado no tenerla.

-¿El periodismo era mejor antes o ahora?

-Es igual, lo que ha cambiado es la exigencia del que lo recibe. Antes se exigía más.

-¿Qué consejo le daría a quien se inicia en la profesión?

-Que lea mucho, que vea cine. Que se ilustre. Y sobre todo, no se puede desconocer lo que pasó. Para saber quiénes somos tenemos que saber quiénes fuimos.


Mientras tanto… Nuevo catálogo de novedades

MIENTRAS TANTO

Este catálogo fue concebido y diseñado para ser distribuido entre los concurrentes a la 45° edición de la Feria Internacional del Libro, que iba a tener lugar en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires desde el martes 28 de abril al lunes 18 de mayo de 2020. La pandemia ocasionada por el COVID-19 —que no es un fantasma, pero que recorre y asuela casi todo el planeta— y el aislamiento social obligatorio y preventivo que rige en nuestro país impidieron no solo que la FILBA se realizara, sino también que todo tipo de actividad artístico-cultural corriera con la misma (mala) suerte. Es tiempo de quedarse en casa, de cuidar y de cuidarnos. Es tiempo de distanciamiento social, de lavarse con esmero y jabón las manos, de usar tapabocas, de encuentros virtuales, de videollamadas y de series.

La lectura tercia con creces entre las actividades que contribuyen a paliar el confinamiento forzoso, a volver menos angustiante la espera, a imaginar un futuro sin amenazas de muerte colectiva. Varios de los libros que incluye este catálogo —muchos de los cuales integran el fondo editorial de UniRío editora— se pueden descargar gratuitamente de la página web (http://www.unirioeditora.com.ar). Para las novedades —que no son pocas— habrá que esperar hasta que los vientos sanitarios soplen limpiamente y nos golpeen en la cara; hasta que la vida común (lo común de la vida) retorne, igual y distinta; hasta que, una vez impresos, esos nuevos libros (esos “recienvenidos”) circulen por primera vez con nosotros, entre nosotros.

En “Pierre Menard, autor del Quijote”, Borges imaginó a un escritor francés y simbolista del siglo XIX que legó a la posteridad una obra invisible e ignota, la que consistía en la escritura de algunos capítulos de El Quijote. No los copió ni los transcribió. Los escribió. Esos fragmentos —que coincidían línea a línea y palabra a palabra con el texto de Cervantes— adquieren no obstante un significado propio e inesperado. El cuento de Borges constituye una exaltación anarquista del acto de leer: con su proyecto casi delirante, Menard enriqueció “ese arte detenido y rudimentario” inventando “la técnica del anacronismo deliberado y las atribuciones erróneas”. En la quietud aparente y reconcentrada de la lectura, quienes leemos podemos huir de la realidad administrada a destajo por la producción y el consumo, suspender el tiempo lineal y repetitivo, introducir un atisbo de esperanza en el presente liso y opaco. Cualquiera sea el contenido del libro (y cualquiera sea su formato), la lectura constituye un acto libertario de resistencia y emancipación.

No sé cómo recordaremos estos días lentísimos y tristes en los que la vida humana muestra su desnudez, su fragilidad, su contingencia. En el Tractatus Logico-Philosophicus, Wittgenstein decía: “En la muerte el mundo no cambia, sino cesa”; “La muerte no es ningún acontecimiento de la vida. La muerte no se vive”. Vivamos la vida, entonces, con sus dilemas, claroscuros y derivas. Vivámosla con la compañía de un libro. Así de sencillo.

Hasta que podamos mirarnos, abrazarnos y besarnos.

Nos seguimos leyendo.

 

Descargá el catálogo de UniRío editora, abril 2020


INSISTIR EN*…

por José Di Marco. Director de Unirío editora

*Texto extraído de la presentación del catálogo número 16, de UniRío editora, octubre 2019. 

Descargar catálogo

1.

Los últimos dos años han sido nocivos para la industria nacional del libro. La apertura indiscriminada de las importaciones y la virulenta caída del poder adquisitivo son causas obvias de ese deterioro que se acentúa aún más cuando se trata de la edición independiente (empresas y pymes de capital vernáculo) y de la edición universitaria (impulsada por las universidades públicas). A esas razones –derivadas de un modelo que apunta a la concentración económica a la vez que favorece la especulación financiera, obtura el desarrollo industrial y asfixia el consumo interno– se articulan otras más específicas, vinculadas con la subejecución o directamente el cierre de programas educativos y la carencia lisa y llana de políticas culturales que fortalezcan la edición de libros. La mengua de la cantidad de títulos publicados anualmente y el drástico descenso de las ventas indican la gravedad de una situación global a la que UniRío editora no resulta ajena.

 

2.

En el contexto de achicamiento, nuestro sello ha mantenido su ritmo de producción, aunque el alza de títulos editados en formato digital da cuenta de la merma generalizada. En términos cuantitativos, a lo largo de un año a contar desde agosto de 2018, de los casi cien libros publicados por UniRío editora más de la mitad de los mismos consiste en PDF de descarga gratuita, lo que por otra parte deja constancia de una política de comunicación pública del conocimiento gratuita que no resigna calidad de contenidos ni de formatos. Porque el objetivo central de UniRío editora no es otro que el de tornar visible y accesible lo que se enseña (y aprende), lo que se investiga, lo que se transfiere en la UNRC, una universidad fuertemente enclavada en el territorio local y regional.

 

3.

El catálogo que llevamos a la 15° edición de la Feria del libro Juan Filloy deja constancia de esa propuesta inclusiva, democrática y emancipatoria. Así, Juan Filloy recuerda su infancia de comienzos del siglo XX en el Barrio General Paz de la ciudad de Córdoba y Candelaria de Olmos anota los pormenores de ese relato retrospectivo; Gonzalo Otero Pizarro trama una ficción novelesca en la que los personajes de Caterva enjuician sumariamente a su creador; Jericles y Adrián Demassi fabrican con humor noticias heterodoxas en la era de la pos-verdad; Joaquín Bustamente inventa una memoria plural sobre El Cordobazo; Andrés Terzaga desnuda sus líneas temblorosas, lúcidas y patéticas; Nelson Cimminelli reconstruye la política local entre 1982 y 2008; Marcos Breuer reflexiona acerca de la muerte digna; Silvia Libaak pasa revista a las prácticas corporales en las culturas juveniles; Hernán Vaca Narvaja y Alejandro Fara homenajean a los trabajadores de la comunicación compilando dieciocho entrevistas que hacen a la memoria del periodismo local y regional; Cintia Tamargo y Edgardo Carniglia relevan (y revelan) la importancia de las TIC en las escuelas rurales del sur de la provincia de Córdoba; María del Carmen Lorenzatti y María Alejandra Bowman exploran e indagan la educación de jóvenes y adultos. Un muestrario parcial, heterogéneo y múltiple de la bibliodiversidad  que UniRío Editora recepta y difunde.

 

4.

Walter Benjamin nos enseñó que todo documento de cultura es un documento de barbarie. Nuestros libros atestiguan la brutalidad del neoliberalismo; son la contracara de la devastación y la miseria cultural en la que vivimos. No olvidemos nunca que, a pesar de que circulan como cualquier mercancía, los libros poseen una dimensión cultural y simbólica que se sustrae al intercambio económico y ejercen una suerte de resistencia a su lógica omnívora y opresiva. Los libros se ligan a la lectura. Y la lectura es un acto de emancipación y soberanía. Que las lectoras y los lectores se multipliquen es el deseo máximo de UniRío Editora.

Ilustración: Grabado de Hendrick Goltzius. 1589. (Coleccion M.M.A.)


Presentación del libro “El secuestro de Juan Filloy”

El pasado 8 de Agosto se presentó en la Biblioteca Popular Mariano Moreno el libro El secuestro de Juan Filloy, del escritor Gonzalo Otero Pizarro, publicado por la UniRio Editora de la Secretaría Académica de la UNRC en el ámbito de la Colección “de la eterna memoria”.

En la contratapa del libro se expresa sintéticamente el argumento de la obra: “El 25 de junio de 1978 por la tarde en el estadio Monumental de Buenos Aires se jugó la final del Campeonato Mundial de Fútbol que obtuviera la selección argentina. Ese mismo día, aunque en la localidad de Río Cuarto y rayando la hora del almuerzo, Juan Filloy es secuestrado por una pandilla que lo sube a la fuerza a un Falcon verde cuando caminaba erguido rumbo a su casa”.

“Si lo primero es cierto y pertenece a la historia del fútbol (un momento de gloria para el deporte nacional), lo segundo, en cambio, le concierne a la literatura, porque se trata del episodio ficticio que preside esta novela. Al igual que el Filloy recreado por Otero Pizarro, los lectores pasarán de la confusión al asombro a medida que vayan descubriendo quiénes son los captores, qué razones los inducen y para qué cometen ese rapto. Evocando a Pirandello, la escritura ágil, incisiva y fluida de Otero Pizarro homenajea sobre todo a la caterva de Caterva, acaso la obra más trascendente de Filloy, a la vez que vuelve su mirada hacia un periodo siniestro y doloroso de nuestra historia”.

De la presentación del libro participó el autor Gonzalo Otero Pizarro, el escritor e historiador, además director del Archivo Histórico de Río Cuarto, Omar Isaguirre y el director de la UniRio Editora, profesor José Di Marco, a quienes se sumaron público en general vinculado a la vida cultural de la ciudad.

El libro cuenta con 199 páginas, divididas en 15 capítulos, se terminó de imprimir en junio de 2019 en la UNRC con una tirada de 300 ejemplares y la ilustración de tapa pertenece a Matías Tejeda.

Gonzalo Otero Pizarro destacó que se “trata de una novela divertida donde he tratado de mostrar como era Filloy más allá del autor, como era la persona. Me base en cosas que ya he averiguado y otras que me contaron mis mayores. Mi padre era amigo de él y me hablaba de Filloy. También los hermanos Aníbal y Tobías Aguilera, uno de los cuales trabajaba en tribunales y eran muy amigos de Filloy. Me críe frente a la casa de ellos y me contaban muchas cosas de Filloy”.

“Como autor de la novela decidí que lo secuestran a Filloy. Es una historia que tiene como contexto el golpe militar de 1976, transcurre en Río Cuarto y el día de la final del Mundial 1978. Allí lo secuestran a Filloy y lo llevan a un campo en las sierras. Le hacen un juicio y el libro busca dar las posibles respuestas ante la interrogación de sus captores que hubiera dado Filloy si aquello le hubiera ocurrido”.

Otero Pizarro nació en Córdoba en 1948 y muy pequeño llegó a Río Cuarto. Entre diciembre de 1975 y diciembre de 1983 vivió en Barcelona donde debió exiliarse tras la persecución de la Triple A en Río Cuarto.

Estudio derecho en la UBA entre 1966-1973 y en Barcelona entre 1986-1988 donde se gradúo como abogado. También estudio periodismo en la UNRC entre 1974 y 1975.

Trabajó en el Diario La Calle y dirigió la Revista Puente, cerrada por presión de la Triple A local, en la década del 70 donde compartió redacción con Antonio Tello, Roberto Fabiani y Elpidio Blas.

También en España incursionó en el periodismo dirigiendo para editorial Bruguera El Rompecocos y Jaqueca en los primeros años de la década del 1980.

Su obra literaria incluye trabajos como Idiosincrasia, Editorial Macá, Buenos Aires, 1967; Elvis, la rebelión domesticada, en coautoría con Antonio Tello, Editorial Bruguera Barcelona, 1977, Valentino, la seducción manipulada también con Tello y en la misma editorial, 1978; y Las prostitutas y yo, en coautoría con Osvaldo Natucci, Editorial Bruguera, Barcelona, 1979; Hombre y mujeres de Río Cuarto y su primera novela La Cola del Pato, Imprecom Editorial, Río Cuarto, 2010, publicación que forma parte de la saga La ciudad de los vientos, de la que pronto se editara la segunda parte con el título de La Bajada de Arena.

José Di Marco
José Di Marco destacó la importancia de esta obra como parte de la Colección “de la eterna memoria” de la UniRio Editora porque “elegimos este nombre para esta Colección pensando incorporar en ella textos narrativos que interpelen nuestra memoria colectiva con los instrumentos retóricos de la ficción. Cuando las variaciones imaginativas de la ficción se entreveran con los datos y las cronologías de la historia, se produce una revelación y una transfiguración”.

“Al respecto, Franco Rella, señala que pasar de la historia a las historias, de la narración histórica a las narraciones, significa de hecho entrar en el mundo de los posibles abandonando tanto el terreno de los hechos como el terreno de las hipótesis en tanto que instrumentos operativos”.

Agrega Di Marco: “El mundo de los posibles, plagados de conjeturas y vacilaciones, de interrogantes y paradojas, arrima la ficción a lo que Juan José Saer llama antropología especulativa: un saber en el que se mixturan, inextricablemente, los imperativos de un saber objetivo y las turbulencias de la subjetividad”.

DIRECCIÓN DE PRENSA Y DIFUSIÓN UNRC

Ver Texto original

prensa@rec.unrc.edu.ar