“El maestro asador”, de Antonio Tello, un poderoso instrumento de evocación

Carlos Schilling escribe para el suplemento Número Cero, una reseña de la última novela de Antonio Tello, “El maestro Asador”, coedición de EDUVIM y UniRío editora.

Te invitamos a leer la nota completa aquí debajo, o en el siguiente link:  Nota Completa

La novela del escritor riocuartense es un viaje al pasado a través de la ceremonia de una reunión alrededor de una parrilla.

Desde antes incluso de que Miguel de Cervantes la transformara en el género literario más ambicioso de la modernidad, la novela ha servido para muchos fines y se ha desarrollado en múltiples direcciones. Pese a los reiterados anuncios fúnebres, emitidos incluso por los propios interesados, aún sigue viva, y sólo de espaldas a las miles de novelas que se publican cada año podría afirmarse que se trata de una vida espectral.

En El maestro asador, Antonio Tello demuestra qué poderoso instrumento de evocación puede ser la novela para contar la propia vida (o una parte de ella, como en este caso) y para celebrar a la vez la memoria de los antepasados, recuperando de ellos los gestos y las palabras que los definieron. Apenas disimulado detrás de un personaje recurrente de sus ficciones, Manuel T (ya presente en su primer libro de cuentos, El día en que el pueblo reventó de angustia), el autor emprende un largo viaje hacia su infancia, su adolescencia y su juventud a partir de una experiencia crucial: hacer por primera vez un asado para varias personas en una reunión donde se juntan parientes y amigos de su padre, una figura entrañable que condensa en su personalidad una idea de hombre íntegro, extraviada hace décadas en los pliegues de la historia nacional.

El asado (ese primer estado civilizado de la carne) es tan importante en la cultura argentina que puede parecer una imprudencia ubicarlo en el centro de una narración. Es lo contrario de un tabú: está en boca de todos. De hecho, produce comunidad. Si hasta resulta difícil imaginar a un individuo que pone carne a la parrilla para comer solo. Familia, amigos, banquetes, fiestas populares son las ocasiones del asado, su vocación colectiva.

“Un asado no es únicamente la carne que se come, sino también el lugar donde se la come, la ocasión, la ceremonia. Además de ser un rito de evocación del pasado, es una promesa de reencuentro y de comunión. Como reminiscencia del pasado patriarcal de la llanura, es un alimento cargado de connotaciones rurales y viriles, y en general son hombres los que lo preparan”. Esa frase de Juan José Saer de El río sin orillas señala algunos elementos esenciales de El maestro asador.

El patriarcado, la virilidad, la ruralidad están presentes en el libro y son una parte fundamental de su textura, pero no es el culto a las tradiciones lo que se impone en sus páginas sino la rememoración de personas, lugares y anécdotas que conforman un mundo y un tiempo (el interior de las provincia de Córdoba y de San Luis en las décadas de 1940, 1950 y 1960) que retornan desde el olvido gracias a la prosa a la vez precisa y poética de Antonio Tello. Desde ese eje narrativo que es la ceremonia del asado, el relato va extendiendo sus tentáculos en diversas direcciones y en esas idas y vueltas compone una inolvidable novela de aprendizaje.


“El maestro asador”, Antonio Tello y un homenaje a sus padres, por Andés Natali

Andrés Natali entrevistó a Antonio Tello, por la reciente edición de su novela “El maestro asador”, coeditada por UniRío editora y EDUVIM.

Compartimos la entrevista, y dejamos el enlace a la nota completa, en el sitio del diario PUNTAL:

Nota original en Diario PUNTAL

Aquí, la nota:

El escritor riocuartense Antonio Tello publicó recientemente su nueva novela, El maestro asador, coeditada por las editoriales universitarias de Río Cuarto y Villa María, UniRío y Eduvim.

En la contratapa de libro de puede leer: “El maestro asador es un intenso recorrido por la memoria y a la vez una celebración de la vida, En un contexto definido por un paisaje humano y geográfico singular redescubierto a través de la memoria, el narrador -Manuel T.- cuenta el modo cómo sus padres alimentaron su sensibilidad e imaginación y le inculcaron los valores éticos, que definirían su personalidad artística y su comportamiento social.

En el núcleo de esta novela alentada por la ternura nacida de la experiencia personal, el fuego y el asado aparecen como los elementos esenciales de un ritual nutricio que enaltece el vínculo familiar y la amistad. Así como la palabra “compañero” trae en su historia original el “compartir el pan”, para el maestro asador asar y compartir la carne es un acto de amor que nace del conocimiento. “No [sabrá asar] hasta que domine el fuego, que interprete su calor por el color de las brasas y el espesor de las cenizas que las cubre”, le dice el maestro asador a su hijo.

Hablamos con Antonio:

-¿Cuándo y por qué sentiste la necesidad de hacer un homenaje a tus padres?

-Cuando uno llega a cierta edad y mira hacia atrás, lo que ve es un largo recorrido, un largo camino que no ha hecho totalmente solo. Un día, cuando escribía un poema de “Conjeturas acerca del tiempo, el amor y otras apariencias” me di cuenta de eso. Los primeros versos de ese poema dicen: “Ese día, en el equívoco trance entre el recuerdo y el sueño / fue cuando empecé a reconocerme en los gestos de mi padre”. Como ve, no hablo de un parecido físico, sino gestual. Quiero decir que la semejanza trascendía lo físico y conformaba una forma de ver y entender el mundo y, consecuentemente, me explicaba un comportamiento, una conducta, que me había permitido sobrevivir en condiciones muy adversas. No lo supe de repente, sino que fui comprendiendo poco a poco en que debía rendirles el homenaje que se merecían.

Mi padre me enseñó el valor del esfuerzo y la voluntad para “progresar”, como decía él, y mi madre me dio el escudo de la ética y el vuelo de la espiritualidad

-¿Somos los que nuestros padres nos inculcaron?

-Sin duda, somos tal como ellos nos educaron. Muchos de los problemas que existen en la sociedad actual -indiferencia, insolidaridad, violencia, falta de respeto y desconfianza hacia las instituciones y a quienes las representan, desde el político al maestro- tienen su origen en la dimisión de los padres o en su desplazamiento en la educación de sus hijos. Mis padres nos dieron a mí y a mis hermanos un patrón ético que nos ha servido como coraza moral contra lo incorrecto y como medio herramienta para comprender nuestras debilidades y las debilidades de los demás. En mi caso, quizás al ser el primogénito, dado el valor que éste tiene dentro de su cultural patriarcal, también educaron mi sensibilidad dándome un trato especial. No lo sabían, pero fueron ellos quienes me prepararon para ser poeta y no contador, como quería mi padre que fuese. Mi padre me enseñó el valor del esfuerzo y la voluntad para “progresar”, como decía él, y mi madre me dio el escudo de la ética y el vuelo de la espiritualidad.

-La novela es un ejercicio de memoria. ¿Sentiste nostalgia al escribirla?

-Así es, la novela es un ejercicio de memoria, pero no hay nostalgia en ella. Hay curiosidad. Al mismo tiempo que celebraba a mis padres, quería conocerme, saber por qué era como era y para hacerlo debía enfrentar esa etapa luminosa de la niñez y de la adolescencia con los ojos de un niño. Con los ojos y el ánimo de quien tiene todo un mundo por descubrir y por eso ese niño describe su mundo con inocencia, lo que no quiere decir sin inteligencia. Por esto la novela no es una autobiografía sino una narración que trasciende la biografía personal y familiar, y alcanza los territorios donde los recuerdos juegan con la imaginación. Algo que no hubiera conseguido sin apelar a la escritura poética, que no debemos confundir con prosa lírica, pues ella, la escritura poética, abre horizontes y dimensiones vedados a la prosa testimonial.

-El asado es un rito profundo, placentero y compartido. ¿Por qué lo elegiste para contar la historia padre-hijo?

-Porque mi padre, como buen criollo, consideraba el asado algo muy especial. Para él, aunque no lo dijera, el asador es una especie de sacerdote que oficia una ceremonia de comunión con los suyos, familiares o amigos. Fue por esta razón que me tuvo a su lado desde los doce años hasta los veintidós o veintitrés para que me ocupara sólo del fuego y cuando yo le pedía que me dejara asar la carne, me decía que lo haría cuando supiera lo que me decían las brasas. Finalmente, ese día llegó de improviso y me encargó hacer el asado y fue algo así como un ritual de iniciación a la adultez. La noche en que esto sucede constituye el nudo de la novela y el punto de partida del recuerdo de los hechos que han precedido a ese momento crucial. Como ve, no puede haber nostalgia en algo que se vive como presente.

-¿Extrañabas ese rito en todos los años que viviste en Barcelona?

-Como le dije, no soy nostálgico, pero para prevenir un ataque de nostalgia desarrollé mis propias estrategias. No se trataba de ir a comer asado y empanadas a algún restaurante argentino, sino de hacerlo. Al principio, iba con mi familia a algún “merendero”, lugar donde la gente disponía de asadores, y allí hacía algunas costillas con algunas butifarras, un embutido parecido al chorizo criollo, pero después, me hice hacer una parrilla y comencé a hacer un asado para los vecinos del lugar donde veraneábamos habitualmente. Los primeros veranos éramos pocos, pero a lo largo de casi veinte años, el número de comensales aumentó hasta casi los ochenta. El asado había sustituido a la fiesta de la comunidad. Yo no quería eso, sino ofrecerles algo de mi cultura y que compartieran conmigo el pan, la carne y el vino. El último asado fue toda una fiesta que incluyó música y fuegos artificiales y hasta me dieron una placa como recuerdo.

-En pocas palabras. ¿Qué significan para vos Villa Dolores, Merlo, Cerro Áspero (Pueblo Escondido) y Río Cuarto y el Colegio Comercial?, paisajes que se evocan en el libro.

-Todos ellos, personalmente, se me aparecen como mojones de un camino vital a los que puedo volver siempre que quiera, como se vuelve cuando uno relee un libro que le gusta. Como lo digo en el documental “A.T. Cuadernos de tiempo” respecto de Barcelona, todos son lugares míticos, porque, tal como los describo o los evoco, no existen fuera de la escritura.

-Y algunas palabras para definir a esos grandes poetas como Antonio Esteban Agüero y Osvaldo Guevara, homenajeados en el libro.

-El primero es una sombra, una especie de fantasma de la memoria, pues nunca lo vi ni de lejos y pasado el tiempo supe que una de las casas, donde íbamos con mi hermano Luis a vender chauchas y otras verduras y frutas, era de un poeta que se llamaba Antonio Esteban Agüero. Mucho más tarde supe que este poeta había escrito una “Cantata al algarrobo abuelo” y que éste era el gigantesco algarrobo a donde a veces íbamos a jugar con mis hermanos Luis y Lita o a juntar bayas para que mi madre hiciera arrope.

Guevara fue el primer poeta que conocí que veía, sentía y vivía el mundo como poeta, fue quien me buscó para que trabajara con él en el Departamento cultural de Radio Río Cuarto y quien me alentó a escribir, aunque no poesía. Es, lo diré siempre, uno de los mayores poetas hispanoamericanos.

-¿Por qué se trata de una novela ajena a la temática y al tono del resto de tu obra?

-Esto es sólo aparente. A “El maestro asador” le pasa lo mismo que a “El hijo del arquitecto” y “Romance de Melisenda”, que parecen desprendidas del núcleo fundamental de mi obra representado por “De cómo llegó la nieve”, “Los días de la eternidad” y “Más allá de los días”, así como de los cuentos y poemas. Sin embargo, hay vasos comunicantes que explican y dan sentido a distintas zonas de la creación. “El maestro asador” parece más sencilla y menos compleja que las otras, aunque como éstas carece de argumento y de trama, y la narración se sostiene en el lenguaje y la oralidad; su temática no parece tener anclaje en el destierro y, sin embargo, en el nomadismo del protagonista, cuyo nombre no gratuitamente es Manuel T., ya se dan las pautas de la errancia y los primeros síntomas del desarraigo. El tono sí que es diferente, porque en esta novela quise seguir el mismo de las novelas de aventuras clásicas, recrear la frescura y la inocencia de las peripecias de Tom Sawyer y Huckleberry Finn, de Mark Twain, de “El gran Maulnes”, Alain Fournier, de la “Isla del tesoro”, Robert L. Stevenson, e incluso de “Retrato del artista adolescente”, de James Joyce. “El maestro asador” es una celebración de la vida y de la inocencia.

-Igualmente la poesía está siempre presente…

-En la escritura poética, como le dije.

Mi padre, como buen criollo, consideraba el asado algo muy especial. Para él, aunque no lo dijera, el asador es una especie de sacerdote que oficia una ceremonia de comunión con los suyos, familiares o amigos. Fue por esta razón que me tuvo a su lado desde los doce años hasta los veintidós o veintitrés para que me ocupara sólo del fuego y cuando yo le pedía que me dejara asar la carne, me decía que lo haría cuando supiera lo que me decían las brasas. Finalmente, ese día llegó de improviso y me encargó hacer el asado y fue algo así como un ritual de iniciación a la adultez. La noche en que esto sucede constituye el nudo de la novela y el punto de partida del recuerdo de los hechos que han precedido a ese momento crucial

-¿Las editoriales universitarias o independientes, son hoy una posibilidad casi única para editar?

-Para autores como yo, que ya tienen un recorrido y una obra más o menos consolidada sí. Los escritores jóvenes, tal como están las cosas, no tienen más vía que la autoedición, directa o indirecta, o quizás la lotería de algún premio. Pero esto es otro cantar.

-Como escritor ¿cómo atravesaste la cuarentena?

-El oficio de escribir es solitario y yo llevo casi cincuenta años en él, escribiendo de 8 a 13 y de 16 a 20, cumpliendo jornada como cualquier trabajador, de modo que la cuarentena no me ha afectado en este sentido. Tampoco la cuarentena ni al confinamiento me los he tomado como una limitación a la libertad, como vociferan algunos, sino como una necesidad sanitaria a la que todos, por responsabilidad individual y social hemos de responder con la mejor disposición.

-Y ¿cómo imaginás el futuro pos pandemia?

-Es difícil imaginarlo, pero de lo que estoy seguro es de que el capitalismo saldrá transformado pero no aniquilado, incluso me animo a decir que habrá más retrocesos para la clase trabajadora, la cual deberá cambiar sus formas de representación si quiere mantener a raya a las grandes corporaciones y conseguir mayores registros de igualdad y una mejor repartición de la renta.

-Dicen que, ante las crisis, mucha gente suele refugiarse en la cultura. ¿Creés que en esta oportunidad será así?

-No lo creo porque lo que se entiende en general por cultura es la cultura del entretenimiento, pero no la cultura basada en el conocimiento y la reflexión. Quizás haya gente que ha desacelerado su tiempo y ha conseguido un espacio para la reflexión, pero seguirá siendo un número reducido. Para que pensar, reflexionar y neutralizar el discurso vacío de los grandes medios de comunicación y el ruido de las redes sociales, necesitamos volvernos hacia nosotros mismos, creer en que somos capaces de pensar por nuestra cuenta y no a cuenta de terceros.


Pandemia, de Celia Iriart

Ya se encuentra disponible online la obra: Pandemia. Neoliberalismo y sistema sanitario argentino, de Celia Iriart.

Descarga gratuita en el siguiente enlace 

La presente publicación de distribución gratuita, que se suma a la colección Liberalibro de UniRío editora, nos invita a darle una vuelta de tuerca a una temática que está en boca de todos: la pandemia por COVID-19. A partir de una perspectiva que echa luz sobre la necesidad de reflexionar sobre esta problemática que nos atraviesa, Celia Iriart nos convoca a la lectura de dos artículos sobre el tema.
La autora nos invita a repensar cuestiones relacionadas con el neoliberalismo, el consumismo, el papel del Estado y de lo público, especialmente del cuidado y la salud, pero sin limitarse solo a estos. Además, hace hincapié en la importancia de las tareas territoriales que complementan a la presencia del Estado en sus distintas formas —nacional, provincial y municipal—, para así intentar balancear la inequidad actual del sistema sanitario.
En fin, y en sus palabras, Iriart plantea que hay otra forma de pensar la salud de los colectivos y que el COVID-19 abrió la posibilidad de repensar muchas de las situaciones desde una perspectiva de equidad que celebre las diferencias.


“Josefa” va al Mundial. Osvaldo Wehbe. Por Estefanía Romero.

Desde pequeño, Osvaldo Wehbe demostró grandes dotes para el periodismo deportivo, pero los caminos de la vida lo llevaron a convertirse en abogado. Hoy se lo considera uno de los mejores relatores de fútbol y cubrió los últimos once mundiales.

Por Estefanía Romero

 

Caminó durante tres días para lograr captar la atención de una chica que lo tenía loco de amor. Moría de ganas por decirle lo enamorado que estaba, hasta que finalmente llegó el momento. Ese día se disputaba el superclásico. Pero esta vez era especial porque lo televisaban en directo, cosa que no sucedía muy a menudo en el año 1975. Wehbe se decidió y le dijo:

—Te quiero.

Yo también te quiero —respondió ella.

Ambos se dieron la mano. Y él agregó:

—Me voy a ver el partido.

Y así, sin más, se fue. Gladys, su esposa, sabe mejor que nadie lo que implica tener un marido loco por el fútbol. Lo sabe porque desde el comienzo fue así. Diez años de noviazgo y más de treinta de casados la convencieron de que debía compartir a su hombre con sus dos grandes amores: la familia y el fútbol.

Osvaldo Wehbe, mejor conocido como “el Turco”, tiene 61 años. Está casado y tiene dos hijas que ama con locura: Camila y Florencia. Sabe que nunca fue un papá igual al resto. Según Camila, la mayor, era el único que no estaba los fines de semana. Ni hablar de lo complicado que era tenerlo en los eventos importantes, como fiestas de 15, comuniones o egresos. “Siempre estaba justo volviendo de viaje o tenía que canjear la transmisión por otra para poder estar con nosotras”, recuerda. A pesar de las idas y vueltas, de los viajes y de los fines de semana que pasó lejos de su hogar, siempre fue un papá presente. En todo momento contó con el apoyo de su familia. Ellas son y serán siempre un pilar fundamental en su vida. Y entienden su pasión por el periodismo deportivo.

Osvaldo Wehbe iba a recibirnos un miércoles de septiembre de 2018 en su departamento de la ciudad de Río Cuarto, Córdoba. Quedó confirmado en una primera comunicación telefónica. “Si les parece vengan a mi casa. Queda cómodo, es en el centro”, dijo en tono amable. Exactamente una hora más tarde el celular se iluminó y apareció su nombre en la pantalla.

—¡Hola! ¿Quién habla? —duda, no sabe si llamó al número correcto—. Soy el turco, el turco Wehbe. Me vas a tener que disculpar. Me olvidé que el miércoles tengo que transmitir un partido para la Copa Libertadores.

Se disculpa entre risas y afirma con seguridad que al día siguiente nos espera en su departamento.

—¿Hola? Suban al cuarto piso, ahí les abro —se escucha desde el portero eléctrico.

El ascensor sube y ahí está él. Abre la puerta del departamento. Lleva puesto un pantalón deportivo negro, una remera corta azul y un sweater cuyas mangas caen por sus hombros hasta volverse un nudo en el pecho. Unos lentes negros cuelgan de su cuello y una pulsera de hilo encerado de colores rojo y azul brilla en su mano derecha. Es del Club Atlético San Lorenzo de Almagro.

—Pasen, pasen. Pónganse cómodos, siéntense donde quieran.

El departamento es amplio y a simple vista hay tres sillones. También una cantidad de portarretratos con fotografías de él y su familia y decenas de cuadros colgados en las paredes.  Hay cuadros que el propio Wehbe pintó y un compilado de fotos que reviven momentos de su carrera. Entre ellas, se destacan algunas con Maradona, varias transmitiendo en diferentes radios, una con el Papa Juan Pablo II y recuerdos de él jugando algún partido de fútbol.

Osvaldo Wehbe estudió Abogacía y es periodista por vocación. Inició su carrera en los medios mientras cursaba los últimos años de la carrera en la Facultad de Derecho, en Córdoba capital. Se prometió a sí mismo no vincularse con el periodismo hasta estar asentado en su carrera universitaria, porque en ese momento la profesión “no era una cosa tan sólida”. Al finalizar el tercer año, tomó coraje y se presentó en la corresponsalía de Radio Rivadavia, en la capital cordobesa: “Me dijeron que no les hacía falta nada. Pero igual insistí y uno de los chicos me dijo en broma: ‘Necesitamos una empleada doméstica’. Les dije que aceptaba y no se pudieron negar. Así que estuve durante cuatro meses limpiando el baño, pasando la esponjita”. Se ríe. Recuerda con nostalgia aquellos días en los que fue “Josefa, la encargada de la limpieza” de la radio. Pero algo cambia en su mirada y cuenta: “Un día debían ir a hacer una nota con dos norteamericanos que habían llegado a jugar al básquet a Instituto, pero ninguno sabía hablar inglés. Yo estaba ahí pasando el trapo y les comenté que era profesor de ese idioma, que estudié doce años. Me miraron y dijeron: ‘¿Te animás?’. Y… ¿cómo no me voy a animar? Tenía miedo, pero me puse mi mejor pullover y fui. Así arranqué”.

Wehbe se introdujo en el mundo del periodismo deportivo casi por casualidad. Fue algo de suerte, mucha iniciativa y la dicha de cruzarse con las personas correctas en el lugar indicado. No esperó que las oportunidades cayeran sobre él como gotas del cielo. Hoy recuerda con orgullo todas las veces que salió a golpear puertas en busca de una oportunidad. Agradece haber vivido todas aquellas experiencias que lo hicieron crecer, no solo como persona, sino como profesional del periodismo. Agradece, sí. Porque por más que lo vivido no siempre fue bueno, dejó huellas imborrables. Sabe que hoy es quien es gracias a esas vivencias: las buenas y las malas.

—¿El primer Mundial que cubrió como periodista fue en Argentina, en 1978?

—Sí, en medio de la dictadura militar.

—¿Tuvo alguna dificultad por ser periodista?

—Por hacer periodismo, no. A la dificultad la tenía por ser estudiante. No asociábamos mucho el fútbol con la política. Es más, cada vez que ganaba Argentina salíamos a la calle a festejar. Tomábamos conciencia de lo cruento que era cuando notábamos que alguien había desaparecido. Que no lo veíamos más y que algo le había pasado.

El recuerdo de lo vivido durante esos años lo perturba. Respira profundo y sigue:

—Mi primer relato en un Mundial fue en el ‘82, el día en el que Argentina se rindió en Malvinas. Mientras hablaba, por privado me decían: “No grites ni le pongas tanto entusiasmo. Estamos perdiendo la guerra”. Les pedí frenar la transmisión, pero no me dejaron.

—¿Cómo fue ese momento?

—Terrible. Relataba Brasil contra Rusia, en Sevilla. Yo decía: “Pelota afuera. Saque lateral por la Unión Soviética”. Y después se escuchó un comunicado del Ejército Argentino informando que en ese momento nuestras tropas se estaban rindiendo. Fue terrible —repite.

Osvaldo Wehbe es reconocido a lo largo y ancho del territorio argentino. Ha trabajado en las radios más conocidas del país y es considerado uno de los mejores relatores de fútbol. Pero hay algo en su vida que aún resulta enigmático para los que siguen la evolución de su carrera: cómo logró tanta popularidad desde su ciudad natal. Desde su querida Río Cuarto. Se lo han preguntado miles de veces, pero no encuentra la respuesta, no sabe por qué la siente tan propia. “Nunca me fui. Viajo a relatar y a mundiales, pero vuelvo. Siempre vuelvo”, reflexiona, y ni él logra comprender su elección.

Su primera experiencia en la ciudad fue en radio Río Cuarto, apenas terminó su carrera universitaria. Como jefe de Deportes, armó un equipo de trabajo con la gente que ya estaba en la emisora e hicieron un programa al estilo Radio Rivadavia. Su formato con tinte porteño fue un verdadero éxito en la ciudad. Pero el problema era que no tenían relator. Entonces Wehbe se ofreció. Era una tarea completamente desconocida y nunca había pensado en eso. Se imaginaba comentarista, como Víctor Brizuela, pero permitirse vivir una nueva experiencia le terminó abriendo caminos increíbles. El primer partido que relató fue Boca contra Peñarol, por la Copa Libertadores. El día posterior a su relato, uno de sus hermanos le dijo: “Transmitiste vos. Transmitiste muy mal, pero fuiste vos”.

Desde ese día su carrera no hizo más que crecer. Y aun hoy, después de casi cuarenta años de trayectoria, se pone nervioso antes de salir al aire. Siente un nudo en la panza, pero más que un problema, para el turco es una virtud. Es lo que mantiene “prendido el fuego”  en su interior. Y lo conserva con tanta fuerza que no piensa en retirarse. Por más intenso que sea su trabajo, no quiere dejarlo, aunque sí ha empezado a regular sus apariciones al aire para darle lugar a las nuevas generaciones de periodistas deportivos. “No quiero cansar”, admite apenado. No es lo único que lo hace sentirse triste: así como no sabe explicar el romance con su ciudad natal, tampoco entiende por qué no ha podido triunfar en ella. Le debe su carrera, en gran medida, a oportunidades que siempre llegaron desde otras ciudades.

“Río Cuarto no me ha dado ni regalado prácticamente nada. Al contrario, no ha sido muy amable conmigo. Y no hablo del ciudadano, porque la gente es fantástica, pero para el espectro dominante de la ciudad soy un bicho raro. Y con eso me refiero a todas aquellas personas que tienen poder de decisión, ya sea en los medios o en el Gobierno”, cuenta.

Osvaldo Wehbe es optimista. Lleva una vida relativamente tranquila, rodeado de amigos y familia. Utiliza sus momentos libres para agasajarlos con un asado, lo considera una terapia. Se divierte con su perro Brando mientras lo saca a pasear dos veces al día. Y aunque se encuentra rodeado de gente que ama, siempre piensa en aquellos que ya no están. Extraña muchísimo a sus padres y a sus dos hermanos. Afirma que se quedó solo para “bajar las escaleras de la vida”. Aún hoy piensa que debe llamarlos por teléfono, no se acostumbra a vivir con esas ausencias. Por eso agradece haber formado una familia hermosa con Gladys, la mujer de su vida. Que al igual que sus hijas, lo acompaña en todas y cada una de sus locuras.

Hoy mira hacia atrás y sabe que nada de lo vivido fue en vano. Que todo pasó porque así tenía que ser. Se da cuenta de algo importante: toda su vida estuvo listo para ser mucho más que un abogado penalista porque en sus venas corre sangre futbolera.

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Deslumbrado por el 10

Osvaldo Wehbe no oculta la admiración por su ídolo futbolístico, Diego Armando Maradona. Lo dice él y lo evidencian las fotos colgadas en las paredes de su departamento. Al hablar de Diego le brillan los ojos y se le pone la piel de gallina. Recuerda cada anécdota que vivió junto al Diez. Su trabajo le dio la oportunidad de tenerlo frente a frente, de charlar, abrazarlo y, por sobre todas las cosas, disfrutar de sus partidos en vivo y en directo. Lo ve como una especie de justiciero desde que marcó dos goles emblemáticos para cualquier obsesivo del fútbol: el Gol del Siglo y la Mano de Dios, en el partido de Argentina contra Inglaterra. Años después de la caída de las tropas argentinas en la guerra de Malvinas, esa herida seguía abierta. Y esos goles significaron mucho para los argentinos.

Maradona es su máximo ídolo futbolístico. Y si le piden que lo compare con Lionel Messi  la respuesta es simple: “Diego es, efectivamente, el más grande de todos los tiempos”. Si bien reconoce que ser contemporáneo de ambos jugadores es algo maravilloso, es capaz de fundamentar racionalmente su admiración por quien considera una verdadera leyenda futbolística. Afirma que “el 10” jugó en los equipos más inverosímiles y, aun así, los puso en competencia. Además de afirmar que Maradona es, a su modo de ver, el mejor líder dentro de la cancha.

“Para que se entienda: si hay una pelota allá —señala un extremo de la habitación— y Maradona le silba, la pelota viene. No sé si con Messi viene. Por ahí se mueve un poco, pero no —niega con la cabeza”.

—¿Alguna anécdota especial con Maradona?

—Estaba en radio Continental, con Víctor Hugo Morales. Cubrimos con Tony Pinto la previa de Argentina contra Italia, en el Mundial ‘90. Nos metimos al hotel Paraíso, en Nápoles, y dijimos que estábamos alojados. Minutos antes de salir al aire para el programa “Competencias”, se abrió la puerta del ascensor y salió Maradona con la camiseta argentina.

—¿Y qué hizo?

—Me quedé duro. Le dije que estábamos por empezar el programa con Víctor Hugo. “¿Y qué querés?”, me dijo. Le pedí que saludara al país, era el día antes del partido contra Italia. El tipo entró a la cabina, cerró la puerta y me abrazó. Yo dije: “Víctor Hugo, ¿Qué tal? Buenas tardes, esta nota es un milagro. Te escucha Diego Maradona”.

—Piel de gallina total.

—Sí, pero eso no es todo. Luego de la nota nos encontramos con un colega argentino, que nos ofreció tirar una colcha en el pasillo para que pasáramos la  noche. Estábamos yendo a la habitación, nos cruzamos con Diego y nos preguntó si estábamos parando ahí. Le explicamos la situación y se fue. Más tarde apareció el “Checho” Batista buscándonos con unas cajas en las manos. “A estas pizzas se las manda Diego, no le digan a nadie por favor”, nos dijo y se fue. Eso es Maradona.

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El vértigo del periodismo

-¿Qué es el periodismo?

-Es un trabajo maravilloso. Como yo le he ejercido, no tiene nada de monótono. Es cambiante día a día.

-¿Qué cualidades debe tener un buen periodista?

-Debe tener la subjetividad que toda persona tiene. Y objetividad a la hora de trasladar esa subjetividad.

-¿Quién es su referente en la profesión?

-Muchos. De antes, Víctor Brizuela y de hoy, Víctor Hugo Morales.

-¿Cómo fue su primera experiencia en periodismo?

-Creo que periodismo hice siempre, porque cuando era chico jugaba a los soldaditos y transmitía partidos. O cuando venía algún equipo de Buenos Aires, iba con un grabador e inventaba un nombre. Recuerdo que era “Radio Río Tancacha”.

-Si no fuera periodista, ¿qué le hubiera gustado ser?

-Soy abogado y ejercí el derecho penal durante varios años.  Me gustaba mucho.

-¿Cuál fue su cobertura periodística más importante?

-No es fácil. Pero no puedo despegarme de Maradona, entonces el Mundial ‘86, fue una maravilla. Estar en la cancha y presenciar los goles de Diego fue muy bonito.

-¿Cuál es su mayor virtud en la profesión?

-Soy muy zonzo para hablar de mí, pero creo que relato bien fútbol. En su momento salí de lo común, porque no me interesa contar solamente lo que pasa en el partido. Me gusta hablar de otras cosas.

-¿Cuál es su mayor defecto en la profesión?

-Posiblemente no haberme adaptado a la corrupción que hay en el fútbol. Seguir renegando de la AFA, la CONMEBOL y la FIFA.  Lo peor es haber tenido razón, me hubiera gustado no tenerla.

-¿El periodismo era mejor antes o ahora?

-Es igual, lo que ha cambiado es la exigencia del que lo recibe. Antes se exigía más.

-¿Qué consejo le daría a quien se inicia en la profesión?

-Que lea mucho, que vea cine. Que se ilustre. Y sobre todo, no se puede desconocer lo que pasó. Para saber quiénes somos tenemos que saber quiénes fuimos.