JotaEfe

Terminan las vacaciones, se termina julio y en el IPET 26 «Juan Filloy», de Barrio Alberdi, comienzan las actividades en el Departamento de Lengua y Literatura: se acerca agosto y en el primer día del mes, como cada año, tenemos que celebrar el natalicio del «escritor de los tres siglos», cuyo nombre ostenta con orgullo el colegio. Los alumnos de tercero ya lo saben, a los de segundo les suena, los de primero están por enterarse. En mi clase con 3.ero B a la tarde, Eric comienza a recitar palíndromos; Regina agarra el pequeño ejemplar de Diatriba contra el fútbol de hoy y se engancha con el comienzo de ese «texto argumentativo» —repite Joel, imitándome— que Filloy escribió en 1990. Cuando pregunto qué significa «natalicio», alguien arriesga de inmediato que se debe tratar de algún familiar de Natalio, nuestro amigo de la cantina, quien también hace las veces de confesor, consejero, psicólogo, tío, enfermero, en fin: un maestro. Yo reparto los ejemplares «enormes» de las ediciones de UniRío editora. El adjetivo calificativo, para nada errado, llega de una voz anónima desde el fondo del curso (yo sé que fue la Sole, talentosa agitadora experta en camuflaje). Marcos —acaso el creador del rap temático en clases de lengua— comienza a rimar palabras que suenan igual de adelante hacia atrás que desde atrás para adelante. Aunque la mayoría de esos juegos musicales carezca de significado, suena lindo —«Tienen sentido», me discute Sofía, desafiándome siempre—. Veo a mis alumnos con los libros, me dan ganas de sacarles una foto y se los digo, pero también les informo que no puedo, que está prohibido el uso del celular en clase. Entonces Bianca, curiosa innata, siempre ocurrente, hoy master en celularalgología, dice: «Esto que tengo en la mano no es un teléfono, profe: es una máquina de sacar fotos», y dispara con flash algo que después me va a mandar por WhatsApp «pero desde mi casa, ¿eh?» promete amenazante, ganándose los festejos risueños de sus compañeros y un cero en credibilidad. La imagen me llega en el recreo. La veo y no lo creo: mis alumnos del «Juan Filloy» leyendo a Juan Filloy, posando para la foto con los ejemplares de la colección que viene publicando UniRío, la editorial de la Universidad Nacional de Río Cuarto, desde 2014.

(Poema trabajado con los alumnos, de Balumba, «Quiromancia»)

—VEN, adivíname la suerte. Quiero

Con el torvo fantasma del futuro

Espantar mi pasado. He aquí el dinero;

Toma mi mano y del destino oscuro

Dime la estrella que en mi ser oscila.

No tema tu pupila

Develar un misterio formidable:

¡No me importa el dolor! Estoy curtido

Con una fiebre estable

Y una angustia que atrofia mi sentido.

Y dijo la gitana:

—Tu alma es un antro de maldad. No veo

Ni una luz, ni una luz… Tal vez mañana

Nazca en ella la aurora de un deseo.

Tu alma es un antro de maldad. No escucho

Ni una voz, ni una voz… Tal vez la vida

Cante de nuevo, y porque amaste mucho

Resuene en ella la canción perdida.

Tu alma es un antro de maldad. No huelo

Ni un perfume de amor… Tal vez la muerte

Sea la paz, el postrimer consuelo

Y la gloria más pura de tu suerte.

Y calló. Un suave manto de ternura

Envolvió sus palabras agoreras.

Supe entonces la dicha de mi sino

Y anheloso de calma

Abracé lo infinito del destino

Para hundirme en el antro de mi alma.

 

Editora

De la amplia variedad de publicaciones que ofrece en sus distintos formatos UniRío, quiero resaltar, a manera de introducción estelar, algunas colecciones de libros asequibles para el público lector en su formato tradicional. Colecciones que siguen una línea editorial y estética que se sostiene de manera contundente desde hace ya varios años y miles de ejemplares.

Desde el punto de vista literario en particular, la más fructífera y autóctona a la vez que universal, enciclopédica, es la colección Juan Filloy, que cuenta ya con —¡Oh, cabalística casualidad!— siete títulos publicados; títulos de siete letras cada uno, como muchos de ustedes ya saben, porque fue, es y será de popular conocimiento en estos pagos que, además de experto en palíndromos, pícaro longevo y juez cordobés, Filloy resultaba ser muy limitado —por propia decisión e inquebrantable voluntad— para titular sus obras, con esa extensión únicamente: siete letras.

Retrato

Lo que tal vez algunos no sepan, y hoy quiero contarles, es que son estas, las de UniRío, ediciones de lujo, vistosas, seductoras, con detalles particulares que las hacen especiales, no solo por la calidad portentosa e impecable de soporte y contenido —por el ya conocido, barroco, procaz estilo narrativo y poético del autor; por el diseño delicado y, paradójicamente, la medida temeraria que requieren de estos voluminosos ejemplares en especial—, sino que, al trabajo del equipo editor y técnico de UniRío editora, se sumaron también, hasta el momento, siete artistas plásticos de Río Cuarto y la región para enriquecer el producto artístico con intervenciones distintivas sobre un grabado de Franklin Arregui Cano que se repite en cada tapa, un retrato que el ilustre artista plástico local hizo de su contemporáneo, conciudadano y colega allá por los años…  (José Luis tiene una data).

En la sede de UniRío, en la Uni, en medio de un clima (in)tenso de concentrada actividad que temo interrumpir, logro preguntarle al diseñador, escritor y artista plástico José Luis Amman cómo nació la idea:

—Surgió mientras pensábamos en cómo darle forma general al concepto gráfico —dice él, como si reflexionara para sí mismo—. Queríamos hacer algo diferente, pero no pretencioso ni ostentoso. Así fue que nació la idea de trabajar sobre una plantilla gráfica que se repetiría en las sucesivas ediciones a partir de la ilustración de Franklin Arregui Cano y el nombre de Juan en letra bien de molde y con un cuño para darle fuerza. Todo esto en blanco y negro.

—Sin embargo, la colección es de lo más colorida —agrego yo, hilarante y desde mi completa ignorancia. José continúa sumido en la historia, como si no hubiera sido interrumpido:

—Entre tanto, fuimos buscando las alternativas de cómo ir dándole personalidad a cada edición. Y quedamos en proponerle a un artista plástico intervenir, una a una, cada tapa. Salieron muchos nombres y nos inclinamos por el acuarelista Ernesto Pedro Cerdá. Así nació el concepto gráfico de la colección, con Urumpta en primer lugar, intervenido uno a uno por Ernesto. Luego siguieron Jimena Mateo con Sagesse; Guillermo Mena con Balumba; Gastón Liberto con Usaland; Magalú con Caterva; Patricia Bertazo con Ignitus y Sergio Villar con L’ambigú

Amman hace una pausa y yo pienso en relacionar la última tapa con una ocurrencia anecdótica referida al encuentro entre Sergio y su abuelo Franklin que trastoca el tiempo a través del arte y coincide con la séptima publicación, pero José continúa y remata, apasionado:

—Fue y es un desafío pensar cada tapa, elegir a un artista predispuesto a la tarea paciente de intervenir 300 tapas. Pero perseveramos, tuvimos respuestas positivas de todos ellos y así pensamos seguir el resto de la colección.

Luego José volvió a la realidad, concentrado en diseños urgentes por venir, como si yo no estuviera. Entonces busqué, en Balumba, acaso el más conocido y polémico de los poemas de Juan Filloy: «Erupción», del cual rescato un fragmento:

«…El mundo me unció

A una legión infame

De fantasmas encadenados.

¡Cómo desertar ahora

Y ser algo

—Poeta, chauffeur, volatinero,

Físico, alcahuete, deshollinador—

Pero serlo puro

En pureza de esencia

Como fueron Blake, Novalis, Rimbaud,

Como es el bolichero de la esquina

El criollo que junta mazorcas en el bochorno

Y el linyera que duerme en las alcantarillas!

 

Buena mierda la cultura

Si en vez de libertarnos esclaviza…»

 

Familia

Lo que en un principio consideré indiferencia, hermetismo o secreto profesional, se repitió a lo largo de mis indagaciones sobre el proceso del trabajo editor y artístico individual o en equipo para la colección. Por ejemplo, cuando intenté entrevistar a Sergio Villar, emperrado en esa antojadiza mística del encuentro con su abuelo que acaso Sergio no experimentó como nieto, sino primordialmente como artista. Le comento una anécdota:

—Al dejar su actividad de docente, tu abuelo debió esperar dos años para recibir el primer salario como jubilado de la nación. Fue entonces cuando Teresita le sugirió que se dedicara a los retratos para obtener algún dinero. Su esposa reconocía esa destreza, ese talento singular, porque la había pintado infinidad de veces. Sin embargo, siempre lo desafiaba diciéndole que su boca no salía igual. Entre risas, cuentan que Franklin, después de escuchar por enésima vez esa sentencia sobre un retrato aún sin terminar, le dijo: “Bien, ya veré cómo lo arreglo”. Levantó el lienzo y con mucha fuerza lo clavó en la barra central del caballete, perforando la imagen a la exacta altura de la boca. «Ya está», le dijo, «¿ahora te gusta más?». —Y le pregunté—: ¿Acaso esa anécdota se refleja en tu intervención del grabado en la tapa de L’ambigú, teniendo en cuenta que ponés a su mujer, frente a Filloy, coloreando sólo los labios?

Sergio no responde. Pide disculpas. Lo conozco. Le doy tiempo. Vuelve a pedir disculpas. Pero no responde. Supongo que es muy fuerte tanta coincidencia: la anécdota, el Séptimo Libro, la intervención del grabado de un ícono a la vez que sanguíneo, sagrado. Hay toda una gama de interpretaciones que nos impone o nos regala en su silencio. Se lo agradezco buscando la respuesta en la pregunta, en el origen curioso de una confirmación conmovedora innecesaria.

Recién hacia el final de mi tarea, cuando decido entrevistar a Ernesto Pedro Cerdá —«el primero de los valientes»—, comprendí que no había misterio ni receta protegida por pacto de silencio alguno, sino una mezcla de humildad, respeto y entrega ciega a una labor auténtica de compromiso ecuánime por parte de cada artista, técnico, diseñador, directivo, editor, es decir, de cada miembro partícipe en una tarea estética monumental.

Entre silencios y vaivenes de incomodidad virtual —yo irrumpiendo en su actividad familiar tanto como en su lucha en defensa de la Universidad Pública y su compromiso artístico acorde y coherente con su lucha—, Ernesto, finalmente, cede a contestar mis preguntas:

—¿Cuándo y quién te propuso intervenir el grabado de Arregui Cano para el libro de Filloy?

—Me lo propuso José Amman en 2014, dado que, creo, tiene una apreciación personal por la acuarela, y ya habíamos hecho dos tapas (algo más figurativas) de libros de Mayol Laferrere.

—¿Lo tuviste que pensar o ni lo dudaste y aceptaste el desafío?

—No lo dudé, a los chicos de la editorial los conozco, son profesionales de primera, con ideas muy innovadoras. Lo que no sabía era que iba a ser el primero de una serie. Ahora caigo en la cuenta de la responsabilidad que significó. Teniendo en cuenta, además, ¡que intervenía una obra de Arregui Cano!

—¿Cómo fue el proceso? ¿Tenías ya decidido cómo hacerlo o tuviste que buscarlo?

—Una idea básica tenía y fui haciendo algunos bocetos. Mi preocupación principal era cómo reaccionaría el papel de tapa con el agua. Cada tapa es una obra en sí misma que sobre el grabado impreso de Arregui trabaja el pigmento y el agua.

—¿Qué tipo de devoluciones tuviste una vez terminado y publicado el trabajo?

—Gustaba, gustaba bastante. Creo que por lo innovadora de la idea de los chicos de UniRío. Yo dejé que agua y pigmento hicieran lo suyo. La gente se llevaba un libro casi personal y eso gustaba.

—¿Alguna anécdota que recuerdes de ese período?

—La presentación del libro, en el salón blanco. Elena Berruti y José Amman me propusieron pintar en vivo. Yo soy algo introvertido, pero me convencieron. Quedé un tanto contracturado, pero creo que salió bien. Otra: logré gastar un pincel con el que hacía un efecto difuso en una parte de la contratapa. Ahí lo tengo guardado de recuerdo.

—¿Fue difícil, largo, grato el proceso?

—Lo difícil fue integrar toda la tapa con el pigmento, tapa y contratapa. Sí fue largo: 300 tapas (algunos callos seguro salieron). Pero igualmente grato. Lo hice como mucha alegría. En el proceso me acompañaba mi familia. Los niños y mi compañera dando vueltas y apreciando, sugiriendo y hasta por ahí pintando sus interpretaciones de las tapas. ¡Trabajo en familia!

 

Sagesse

DE SENECTUTE

I

Dije yo a los 90 años

La vertical subjetiva

«[…] Por mi porte y mi talante, no soy un anciano; pero por mis años sí. Anciano y antiguo derivan de “antes” y conciernen a seres y cosas que soslayan la actualidad; ya que, acumulando un gran acopio de años, los anteponen al presente. Anciano, pues, es una persona de abundantes años, sin determinar cuántos. Ahora bien, calificándosele al poseedor de senil o senecto, ipso facto se interpreta que tiene más de 60. Hay un motivo para ello; pues se supone que está próximo o haya superado la maldición del 63, el “año climatérico” de los romanos.

Con todo, apenas alcanzados los noventa años de edad, noto el ámbito espiritual que habito cenitalmente iluminado. Estoy seguro en él. Gozo en su aire y su aura impolutos. Pero algo comienza a mermar… He vivido siempre dentro y fuera de mí, con despejo y con aplomo. Sin demasías. Encuadrada la circunspección en claro entendimiento. Pero algo comienza a mermar… Ya no me imagino invulnerable al tiempo. Sutiles presiones desgastan el temple juvenil y el tono de la madurez que me acompañaron hasta hace poco… Ya no infunden como antes, en el ritmo de la sangre y la tensión de los músculos, aquellos gloriosos atributos de la salud total».

        


Colección Líneas del tiempo

UniRío editora sigue sumando nuevos títulos en su Colección Líneas del tiempo

Las obras que integran esta colección tienen como propósito el promover la circulación de textos historiográficos que reflejen lo local y regional, examinado desde matrices teóricas y perspectivas metodológicas que discuten y polemizan con las interpretaciones oficiales y hegemónicas con la intención de (re) pensar nuestra identidad nacional.

Te invitamos a conocer sobre la colección y sus títulos! Colección Líneas del tiempo

 

 


El Séptimo Sello

«Si habremos pasado de largo el stand de UniRío en las ferias», me dijo el Seba, acariciando un mantel por mí recién improvisado en su living, degustándolo con la yema de sus dedos como un ciego que de pronto y por milagro comenzara a leer en Braille.
Acababa de cubrir su mesa con una docena de libros que traía de la Editorial de la Universidad Nacional de Río cuarto, emocionado por tanto título valioso y atractivo, por tan honroso nivel de trabajo artístico en sus tapas, con sus múltiples y elegantes diseños, sus exquisitas ilustraciones, la estética delicada y sugestiva para cada edición o colección en particular y, fundamentalmente, la rúbrica significativa que imponían los nombres de cada uno de sus autores.
«Esto es apenas una muestra de lo que a vos más te interesa», le dije al amigo y empecé a contarle.
Porque necesitaba contar. Contar y compartir. No podía simplemente volver a casa con mi mochila grande llena de libros invaluables, libros de Filloy, Mastrángelo, Michelotti, Floriani, Guevara, Tello, por nombrar sólo a algunos (por otros tantos ya renombrados), y con un montón de catálogos pletóricos de auspiciosos volúmenes, catálogos a los que me asomaba aturdido, tardío, descubriendo un trabajo de, si se quiere, pocos años, pero que abarcaba y me ofrecía, generosamente, generaciones heterogéneas de investigadores, ensayistas, historiadores, periodistas, poetas, narradores, incluidos algunos artistas conocidos y cercanos, profesores admirados, amigos y compañeros entrañables (Patora Cisneros, Abelardo Barra Ruatta, Elena Berruti, Marita Novo, Javier Lucero, Carlos Giorgis, Sergio Villar, Pablo Dema, Silvina Barroso, Adriana Milanesio, Tincho Moretti, Pablo Olmedo, Joaquín Vázquez, entre tantos otros), a la vez que un universo desconocido, intrigante, seductor como todo libro que no ha sido aún abierto como es debido: con la curiosidad y el simple movimiento de apoyar dos o tres dedos de una mano sobre el filo de su tapa para hacerla girar y detener el mundo, el del espacio-tiempo cotidiano, voraz, veloz, fugaz, dejándolo en modo de espera y en silencio, usando esa pausa paralela como trampolín para saltar, caer, sumergirse, perderse hasta encontrarse uno mismo en un otro imprescindible con el grato deber de ocupar y ejercer el exclusivo rol de privilegio reservado a los actores necesarios para completar una obra: nosotros, los lectores.

«¿Y vas a reseñar todo eso?», preguntó el Seba, devolviéndome al mundo sólo por unos segundos, porque abrió al azar el libro de Susana Michelotti (No sé qué voz y otros poemas), y recitó en voz alta:

«Me molesta la sangre.
Se me caen las manos de las letras
sin poder controlarlas,
como dos pesos muertos en la sombra».

Nos quedamos quietos y callados un instante, perdidos en el eco de esos versos, hasta encontrarnos y cruzar miradas de satisfacción similares. Luego, respondí:
«No; todo eso es apenas una muestra que me traje para adentrarme en lo que nos estábamos perdiendo cuando creíamos que la Editorial de la Universidad publicaba textos exclusivamente académicos. UniRío edita alrededor de cincuenta títulos por año», le informé, sorprendiéndolo.
Entonces él comenzó a juntar y a apilar siete libros con sus siete títulos de siete letras cada uno: los de la Colección Filloy.
«Voy a empezar por ésos», dije señalando los siete libros de Juan Filloy editados por UniRío en estos últimos años, y desarmando la pila comencé a meterlos nuevamente en mi mochila de viaje, la que anduvo conmigo por tantos lugares distantes: provincias, países, continentes; cruzando mares, fronteras, montañas; sorteando encrucijadas y caminos que al final me trajeron nuevamente a Río Cuarto, a los amigos, a estos libros que son viajes, lugares, universos, pero también la ciudad y a la vez retrato, bosquejo, trazos en el mapa de un tesoro al alcance de todos: el del mayor exponente literario de la historia de estas calles, de estas veredas y sus transeúntes, sus habitantes -algunos sus lectores-; personas y personajes que habitan dentro y fuera de esas páginas, que han abierto y aún hoy abren en la obra del autor el infinito circular con el que los abraza el arte cuando el simple movimiento de una mano apoya dos o tres dedos sobre el filo de la tapa, la hace girar y detiene el tiempo. Como ahora, que antes de meter en la mochila Balumba, el primero y último de la pila amontonada por el Seba, abro en una página al azar y recito en voz alta:

«Somos dos ciegos en la sombra
Tanteando las paredes del misterio…
Quizá, cuando se apresen nuestras manos,
Caigamos juntos en el mismo abismo…
A lo mejor entonces, sin quererlo,
Digamos la palabra mágica
¡La palabra que detiene a la muerte
Cuando la vida se precipita en ella!».

Historia del tiempo breve

Por difícil que resulte resumir la historia de una editorial que, en menos de una década, fue testigo y atestiguó -con su presencia, con sus diversas producciones e intervenciones culturales, dentro y fuera del ámbito académico y de la ciudad- una época de cambios que podría tomarse como extracto de los vaivenes históricos del país; que, como un órgano anexo a la memoria que tanto nos cuesta proteger y ejercitar a los argentinos, transitó, transgredió y atravesó con éxito impedimentos y formas –tanto en tiempos favorables como adversos, siempre exigentes y efímeros-, mutando y transformándose hasta hoy en modelo y ejemplo fabril de bibliodiversidad para el amplio espectro del conocimiento; por complejo que resulte compendiar toda esa trayectoria en una nota, vale el intento de reseñar, creo, en tres o cuatro momentos fundamentales, su crecimiento ininterrumpido, y quiero señalar, a título personal, también su contundente afianzamiento y la notable evolución cuantitativa y cualitativa de producciones, particularmente en estos últimos dos años, los más difíciles e intempestivos no sólo para UniRío Editora, sino para la cultura, la educación, las instituciones y todo el espectro público nacional.
En el primer catálogo de UniRío, en abril de 2012, a casi medio año de iniciada la labor de la editorial, su entonces directora, la Profesora Elena Berruti afirmaba:
«El compromiso central de UniRío Editora está vinculado con la democratización de conocimientos y saberes, en el convencimiento de que como toda universidad pública, le corresponde a la UNRC afrontar el desafío de bregar por la igualdad de oportunidades a la hora de publicar aportes, experiencias y saberes construidos tanto por docentes, investigadores, extensionistas como por referentes y organizaciones sociales que deseen compartir dichas construcciones y ponerlas en circulación pública y social, en diferentes soportes y formatos».
Eran tiempos de vientos socio-culturales favorables -aunque por caminos nunca fáciles de transitar- para quienes se dedican a la siempre ardua tarea de editar libros.
De las dificultades seculares del proceso son conocedores por experiencia propia tanto quienes producen como quienes luchan por difundir esos productos del conocimiento en sus múltiples variantes, sobre todo en un soporte cada vez más amenazado por los veloces cambios de la vida cotidiana y por aquello que la seduce y envuelve vertiginosamente: el incremento descomunal de los avances tecnológicos, orientados a capturar la atención ya no sólo de aquellos consumidores (en este caso culturales) con decisión sobre sus poderes adquisitivos indistintamente variables, sino también de los cada vez más exigentes consumidores infanto-juveniles, con artefactos de entretenimiento que seducen a grandes y chicos por igual, y que compiten cada vez más con el libro en su formato o extensión tradicionales, a la conquista de la atención visual y cognitiva generadora de una dependencia que fragmenta el tiempo de concentración e instaura una ansiedad efímera y compulsiva por el deseo de atracción desde la imagen.
Sin embargo, UniRío Editora siguió creciendo, gracias a la política cultural estatal, a la universitaria y a la de un equipo de trabajo que cree en lo que hace, y es así como hasta el 2015, año en el que asume como director el Profesor José Di Marco, y lo cito: «…en los libros que UniRío pone a disposición de los lectores se manifiestan las matrices conceptuales, las convicciones y los deseos que orientan este proyecto editorial desde su punto de partida».
Hasta entonces, la política estatal y los proyectos y programas destinados a las universidades nacionales y sus diversas extensiones compartían una correspondencia armónica respecto de la importancia que se le daba a la producción, difusión y publicación de todo tipo de conocimientos académicos y expresiones culturales que abarcaban el amplio espectro de las ciencias y las artes. Quizá por ello resumía Di Marco en el mismo editorial:
«Libros que reúnen y hacen pública la producción académico-científica desplegada por los equipos de investigación de la UNRC en distintas áreas del conocimiento.
Libros que registran las experiencias de vinculación efectiva con el medio local, y que atienden y ensayan respuestas valiosas a demandas específicas, por ejemplo: la discapacidad, las organizaciones sociales, la violencia de género.
Libros en los que la literatura (la narración, la poesía y el teatro) encuentran un espacio donde resuenan y estallan ritmos, imágenes e historias que encienden la imaginación, conmocionan el pensamiento y sacuden la sensibilidad», escribía Di Marco, dibujando un círculo por mí no premeditado al inicio de esta nota introductoria, que es ulterior en el tiempo a su artículo, pero que ya el propio director cerraba de manera categórica: «En sus texturas se dibujan los plexos que urden (acaso secretamente) nuestra identidad cultural».
Resalto esa frase de octubre de 2015 por paradigmática y porque se me antoja una bisagra de los trabajos y los días que se avecinaban. De los cambios y del resultado de esos vaivenes que referí al comienzo, de la protección y el ejercicio de la memoria, de esa identidad cultural tantas veces despojada, vapuleada, descuidada como si se tratase de un bien ajeno que atañe y corresponde a otros preservar. Y porque tanto a UniRío como a la universidad pública, tanto a quienes tratan de enriquecer esa urdimbre como a quienes poco les importa o contribuyen a devastarla, se nos vino encima el 2016 como el zarpazo de un animal entrenado para atacar y despedazar sólo a ciertas presas. A puro recorte tajante de presupuestos y veto tras veto para la educación en general, para la cultura en particular, para la investigación, el cine, los medios, en fin, no creo exagerar si digo que las instituciones, las ciencias y las artes sufrieron un ataque político normativo reduccionista llevado a cabo nada más ni nada menos que por el Estado, como si éste hubiese sido tomado por asalto, paradójicamente, por un nuevo gobierno democrático elegido por el pueblo, para utilizarlo y blandirlo contra el pueblo y sus derechos.
Lo expresaba mejor Di Marco, en el catálogo de abril de ese año, en su editorial «A pesar»: «Soplan vientos de cambio, pero esa mudanza no trae noticias auspiciosas para las editoriales universitarias. En este caso, el cambio es regresivo y la continuación de la actividad se constituye, sin lugar a dudas, en un acto de resistencia a un modelo económico, concentrado y extranjerizante, que considera al libro (en sus diferentes formatos) como una mera mercancía.
A pesar del estado de cosas, más proclive al lamento que a la acción fructuosa, UniRío Editora sigue apostando a un proyecto social y cultural, educativo y científico, artístico y literario, amplio, diverso, inclusivo e integrado a la comunidad».
Sin embargo, a pesar de lo dicho, de los pronósticos sobre la realidad adversa, del pesimismo agorero de analistas apocalípticos como yo, ese «acto de resistencia» que proclamaba Di Marco no quedó -valga la paradoja, tratándose de UniRío Editora- sólo en palabras. Se materializó en mucho más de lo que ustedes pueden ver y leer en estas páginas, y de ello vamos a ocuparnos en las próximas ediciones del Corredor Mediterráneo, para informar a sus lectores, seguramente también lectores en general y en particular de las variadas propuestas con las que cuenta esta ciudad rica en gentes atentas a la industria cultural, cuidadosa de esos objetos portadores de memoria, conocimiento, belleza, desafío y resistencia para la defensa de la identidad nuestra, de todos, de cada uno y de cada otro. Esos objetos preciados o despreciados según los tiempos, pero siempre pequeños y poderosos a los que llamamos «libros».

Gustavo de la Arada